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“PINTER ES TOO MUCH…”

Por: Luis Casassa | November 9, 2011 - 4:23 pm

Si tienes más de treinta y tu mamá aún no quiere que te vayas de la casa, seguro te será familiar la forma cómo Meg, el personaje de Ana Cecilia Natteri en La fiesta de cumpleaños, engríe a Stanley (Paul Vega), su inquilino. Tras su paso por la cinta nacional El inca, la boba y el hijo del ladrón, la actriz ha vuelto a las tablas, donde se siente como chancho en charco, con esta obra del Nobel de Literatura Harold Pinter –director de teatro, actor, poeta, activista político y uno de los dramaturgo más importantes del siglo XX, experto en remecer a sociedades pacatas por el alto contenido político de sus trabajos–, que se presenta en La Plaza ISIL. Gracias a un guión genial, la dirección de Chela de Ferrari, y una interpretación fuera de serie, Meg nos puede llevar de la ternura al rechazo, pasando por espontáneas carcajadas.

Una mujer naif, casi infantil, y por momentos lunática. Hablamos de Meg, el personaje que interpreta Ana Cecilia en La fiesta de cumpleaños, una obra que empieza como una comedia circunscrita en el “absurdo cotidiano”, que poco a poco se va volviendo más oscura, desasosegante y siniestra. Egresada del TUC (Teatro de la Universidad Católica), Natteri ha actuado en escorpiones mirando al cielo (1991), Esperando a Godot (1997), La Celestina (2003), El Cerco de Leningrado (2005), El enfermo imaginario (2006), El tartufo(2006), La fiesta del chivo (2007), La mujer espada (2010) y Entonces Alicia cayó (2011), entre otras obras. Además de su versatilidad sobre el escenario, administra una tienda de artesanía, colecciona cachivaches y le dedica el tiempo que puede a su nieta.

Eres una persona inquieta, todo lo contrario a tu personaje, incluso eres una de las impulsoras de V-Perú.
Sí, es una experiencia estupenda y agradezco a Norma Martínez el que me haya pasado la voz para integrarme a este grupo, que lucha por evitar la violencia contra la mujer, contra las niñas. A la niñez hay que cuidarla muchísimo. A veces salgo del teatro por las noches y hay niñas en las esquinas. todos los alcaldes deberían ponerse de acuerdo pero en este país todos los alcaldes hacen cosas por su lado y nadie quiere involucrarse en un proyecto común.

¿Cómo suprimes tu personalidad tan extrovertida para calzarte en un personaje como Meg, que hasta pareciera medicado? 
De hecho no es fácil, tienes que meterte en los zapatos del personaje y hasta que lo logres va a pasar un tiempo. Hay que descubrir cómo es, qué puntos en común puede tener contigo y por qué caminos lo puedes abordar mejor. Es un proceso que lo vas descubriendo, por supuesto, con la ayuda invalorable del director. Esta mujer es muy simple, muy sencilla, muy limitada –creo yo– pero que tiene un mundo interior muy grande. Es imaginativa, por momentos muy infantil.

Y por momento muy lunática…
Sí, está completamente fuera de la realidad. No se da cuenta de lo que está pasando. A veces las personas crean estos mundos para protegerse. Ella es una mujer un poquito limitada y se miente reiteradamente hasta creérsela. Es delicioso entrar a este mundo, vivir en una burbuja, por momentos. Bueno, la idea es sepas salir de ellos.

¿Algún personaje que hayas interpretado te ha seguido fuera de las tablas? 
Sí, el carácter del personaje puede llegar a teñirme en mi vida diaria. Me doy cuenta a veces o sino me lo hacen ver. Me pasa especialmente con los personajes muy fuertes.
En 1993, hice Escorpiones mirando al cielo de César de María. Yo era Dalila, “La Negra”. Como lo hice durante casi 10 años me agarró mucho. Me era difícil quitármelo de encima. Yo soy chinchana, así que para mí era muy cercano, muy querido, muy mío porque ha sido un personaje de mi infancia. Había una señora en Chincha a la que le decían “La Choza”, que era una persona que no estaba bien de la cabeza, muy delgada, alta, que andaba sin zapatos y andaba pidiendo cigarros por todas partes. A mí me decían: “Si no comes, va a venir ‘La Choza’ a asustarte”. Y no solo eso, la hacían entrara las casas.

¿Era como un cuco delivery?
Sí, era como un cuco, pobrecita. Ahora que estoy grande me da pena. Pero en ese entonces, cuando entraba con sus ojos colorados –porque también le encantaba tomar licor– y decía: “Coman niños, coman, coman”, entonces todos aterrados comíamos rápido. Yo pensaba en ella cuando hice esta negra que me costó muelas sacármela de encima, porque asomaba en casi todos los personajes que yo hacía. Y los directores andaban. “Ya está ‘La Negra’ otra vez”. Me persiguió. Hubo que hacerle una buena limpia y estar muy consciente en no traer a “La Negra”.

¿Has hecho alguna vez una obra con la que no te hayas sentido muy cómoda?
Sí, sobre todo con la dirección, me sentía medio perdida, es una sensación muy desagradable. Es un poco lo que sentí cuando arranqué a hacer novelas en televisión. Empecé a hacer televisión ya mayor, antes nunca quise, porque en mi época entrar a la televisión no era bien visto entre los colegas. La primera vez que hice televisión fue para el canal 5. Hernán Romero me recibió y me dijo: “Bienvenida al mundo real”. Y la verdad que sí, fue un choque. Hay directores, pero las preocupaciones que tenían eran técnicas, de la actuación te encargabas tú.

En una obra con más preguntas que respuestas como ésta, ¿la chamba actoral se dificulta más?
Hay que seguir al personaje, no hay que hacerse problemas mentales. Claro, siempre te vas a preguntar por qué, a dónde va, qué quiere. A veces no están las respuestas ahí explícitamente, pero de repente están de forma implícita. Con más razón en una obra así, donde hay tanto misterio, donde mucho de lo que ofrece son sensaciones.

En este caso, se trata de Harold Pinter, un premio Nobel
Si, en un texto tan fantástico como en el de esta obra vas a encontrar muchas cosas más. Mientras mejor sea la obra, para el actor hay una mayor riqueza. Es impresionante cómo un texto bien escrito te puede dar tal cantidad de posibilidades. Características que vas descubriendo cada vez. Hace muchos años se montó El cuidador, que fue una obra que Pinter hizo después de esta. Tuvo muchísimo éxito en la época, cosa que no tuvo La fiesta de cumpleaños, que la cancelaron a la semana de estrenada porque le hicieron una crítica espantosa, salvo este señor (Harold) Hobson que le hizo una crítica extraordinaria cuando ya la habían bajado. Y fue profético, dijo: “Van a escuchar hablar de este autor y de esta obra con los años”.

¿Fue un drama muy adelantado a su tiempo? 
Creo que sí. Pinter es genial. Lo que pasó es que los críticos en ese entonces estaban acostumbrados a algo y de repente una obra así los descalabró un poco. No tenían todas las respuestas con ellos, no se podían explicar de qué se trataba. Querían que todo fuese explícito. De repente Pinter era too much, jajajaja.

¿Y es un temor que ahora se puede replicar?
Creo que hay un público maravilloso, preparado y culto, que va a apreciar muchísimo esta obra y hay otro que se merece una obra así. La mayoría de productos que se presentan ahora son de muy bajo nivel. La televisión especialmente, incluso el periodismo cada vez está bajando su nivel para llegar a la masa, para tener el famoso rating. Me parece tan peligroso. Por eso, esta idea de Chela De Ferrari de hacer la obra de un premio Nobel, hay que aplaudirla, hay que apoyarla, porque esto va a contribuir a elevar nuestro nivel. Si cada uno pone su granito de arena vamos a hacer mucho por este país maravilloso en el que todavía hay mucho por hacer en la parte cultural. Los periódicos publicando las obras que merecen, que valen la pena y no publicando solo lo simpaticón, lo que te hace reír un montón, lo que vende, lo que tiene rating. Las actuaciones generalmente son muy buenas porque tenemos muy buenos actores, pero a veces las historias son muy ligeras.

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