Bradford Cox se consolida como uno de los compositores mejor dotados del siglo en curso con Parallax, el tercer disco de su proyecto Atlas Sound.
Dueño de una vida personal tan insólita como su música, Bradford Cox va camino a convertirse en una de esas leyendas que le faltaban al indie. Solo desde que sus padres se separaron y lo abandonaron, sin amigos desde que el síndrome de Marfan deformó su cuerpo en la universidad, declarado por sí mismo gay y luego asexuado, amante del punk, alérgico a los gatos negros… es también un músico brillante con una capacidad creativa que llega al paroxismo.
Ocho discos en seis años, cinco con su banda original Deerhunter, y tres más con su proyecto solista Atlas Sound hablan de una persona con prisa por convertirse en leyenda. Llega a un punto culminante con la fragilidad de Parallax, donde el músico elimina las asperezas de la eléctrica para concentrarse en perfectas melodías pop que aparecen de la nada, apenas con cuatro notas juntas, estiradas al extremo.
Terra incognita fue el single de adelanto lanzado a mitad de año. En él, habla de autoabastecimiento de amor, soledad, inicio del fin; una instrumentación mínima y una interpretación tan sentida que parece confesión, crean tal sensación de angustia que hasta duele. The shakes suena a la carta final de un hombre cruel que aprendió a serlo de la crueldad con la que fue tratado, mientras el reverb convierte cada palabra en un baile psicodélico digno de Alice in Wonderland.
Modern aquatic nightsongs hace evidente esa simbiosis psicodélica tan pródiga con Noah Lennox (o Panda Bear), mientras que Lightworks juega entre Pulp y Bowie, con uno de esos “oh oh –oh ohs” que no se te despegan de la cabeza. Algo de lo mejor que ha salido de Cox. No se puede dejar de mencionar la casi sesentera My angel is broken, hecha para cantar en la fogata con algún visitante extraterrestre (que volverá a su planeta al compás de los últimos rasgueos).
Casi todas las críticas de Parallax te dirán que es lo más directo y fácil de escuchar en la carrera de Cox, como que lo es. Pero hay también un susurro, una voz que no es de auxilio pero que pide algo. No podría adivinar qué grito salvaje se esconde tras esa suavidad, solo percibo un vago rumor de la cinta Freaks.
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