Notas de Halloween

CANTINERO: SÍRVAME (UN PROZAC) EN LA COPA ROTA

LA VACUNA CONTRA EL AMOR YA EXISTE (Y TAMBIÉN LAS POCIONES DE AMOR)

Olvídate de los chamanes, amarres y puzangas. Recurrir a la ropa interior ajena para atraer al ser amado será cosa del pasado. La ciencia ha descubierto lo que ya había advertido Jacques Ferrand en el siglo XVI: que el amor es una enfermedad, y como tal no solo es factible de ser curada, sino que, he aquí lo más sorprendente, puede ser inoculada, es decir, provocada con premeditación y alevosía. Lee atentamente este artículo y prepárate para decirle chau a las sesiones con la bruja, pues una pastilla o una inyección en la nalga solucionarán todos tus problemas emotivos.

“Reconozcamos en el enamoramiento (…) un estado inferior del espíritu, una especie de imbecilidad transitoria” Ortega y Gasset

¿Acaso existen sonetos dedicados al proceso de oxidación de los metales? (Ok, sí existen, pero ese no es el punto). ¿Imaginan a Neruda dedicándole 20 poemas (y una canción desesperada) a la síntesis de proteínas? (Ojo, dije Neruda). Pero la ciencia nos viene a decir hoy que todos los versos dedicados al amor (“Todo lo que sabemos del amor, es que el amor es todo lo que hay” decía Emily Dickinson), habrían sido tan absurdos como las plegarias dirigidas antiguamente al rayo o la creencia de que existen los mercados perfectos en la economía.

Unos simples ratones de campo vinieron a aguarle la fiesta a los bardos. El neurocientífico Larry Young llevó a cabo una investigación (publicada en la revista Nature) sobre los hábitos sexuales de los ratones campestres, una de las pocas especies de mamíferos que, junto con algunos humanos y otros animales raros, son monógamos. Para hacerla corta, Young se puso a jugar con los cerebros de los roedores y lo que encontró es resumido por John Tierney en el New York Times:

“Cuando al cerebro del ratón campestre hembra se le inocula artificialmente oxytocina, una hormona que produce la misma recompensa para los nervios que la nicotina y la cocaína, ésta rápidamente se sentirá atraída y conectada al macho más cercano. Una hormona similar, la arginina vasopresina, crea impulsos para aparejarse y anidar cuando es inyectada en ratones campestres masculinos”.

Por el contrario, si la liberación natural de estas hormonas es bloqueada, los ratones campestres se vuelven más libertinos, no forman parejas y cambian de novio/novia como Lucía de la Cruz o Charlie Sheen. Viven la vida loca.

Pero existe un primo cercano del ratón campestre, el ratón de montaña, que es promiscuo por naturaleza. Si a este ratón le inyectan las mismas hormonas que provocan el “enamoramiento” en sus primos de las praderas, continúa como si nada, rehuyendo el compromiso y la vida familiar, cual Julio Iglesia ratonil. “¿What the fuck?”, se preguntó Young, cogió un cuchillo y le abrió la cabeza (más o menos). Y encontró que los pendencieros ratones de montaña no tienen receptores de oxytocina ni arginina en sus masas grises. Están incapacitados para enamorarse.

En 1999, Young siguió jugando al científico loco junto con otro doctor, Thomas Insel, y ambos implantaron los genes receptores del romántico ratón de campo en ratones comunes y corrientes (y por lo tanto promiscuos). El resultado fue que dichos ratones se “curaron” de su promiscuidad, o en términos más amables, se “enamoraron”. Que los vates se corten las venas frente a la realidad: el amor y el desamor se pueden suministrar con la misma facilidad con la que se provoca un dolor de cabeza o se alivia un cólico.

Pociones

Pasar de eso a intentar desarrollar un “estimulante del amor” para humanos era solo cuestión de tiempo. El Dr. Young logró resultados similares a los conseguidos en ratones al lanzar un chorro de oxytocina en las ventanas nasales de personas. Claro que él no buscaba exactamente desarrollar una poción amorosa, sino que analizaba la influencia de la oxytocina en personas con autismo y esquizofrenia. Estos sujetos mejoraron sus sentimientos de confianza y empatía luego de la aplicación de la droga, algo sorprendente en este tipo de padecimientos.

Que en algún momento muy cercano será posible provocar el “amor” con una simple inyección (o en casos más severos, con una intervención quirúrgica), no quedan dudas. Las parejas de esposos aburridos harán cola, pero antes se tendrán que vencer algunas barreras morales y culturales, y sobre todo, tomar precauciones (¿los médicos resistirán la tentación de hacer caer en el amor a sus pacientes? ¿Será ético suministrar subrepticiamente la poción a una vecina que te mueve el piso? ¿Alguien recuerda los aprietos de "Sueño de una noche de verano"?).

La vacuna

Que el amor es un estado peligroso pueden decirlo el pobre César Gutiérrez, cuestionado luego de conocerse su romance con Lily Le Masters, o Raúl Diez Canseco quien perdió la vicepresidencia de la República por un amor descontrolado. Así que más urgente será para muchos el antídoto o vacuna contra ese padecimiento. La buena noticia es que el remedio ya existe y está disponible.

En un artículo publicado en la revista The Economist (The Science of Love), se señala que, dado que los síntomas del enamoramiento son casi exactamente iguales a los del Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), los tratamientos podrían ser similares.

“Los padres de cualquier adolescente enloquecido de amor, podrían querer conocer la respuesta a esa duda. La Dra. Helen Fisher sugiere que ciertamente, es posible inhibir los sentimientos del amor romántico, pero solo en sus etapas tempranas. El TOC se caracteriza por bajos niveles de serotonina, y drogas como el Prozac trabajan manteniendo la serotonina dando vueltas en el cerebro por más tiempo de lo normal, así que podrían prevenir los sentimientos románticos. (Esto significa también que las personas que toman antidepresivos pueden estar poniendo en riesgo su habilidad para enamorarse)”.

La Dra. Fisher recomienda el Prozac además como cura para la infidelidad. Frente a la tentación de sacar los pies del plato, la droga que se popularizó en los 80 evitará, de acuerdo con la doctora, llevarse a la cama a cualquier intruso o intrusa. La santidad del matrimonio quedaría incólume aunque uno se encuentre en medio de una fiesta en la Mansión Playboy.

Colofón

¿Por qué la naturaleza nos mete a tremendo problemón, casi empujándonos a la adicción? Porque en general, las especies vivas son brutas. Si un animal cualquiera no recibiese suficientes incentivos para comer, beber o incluso amar, nos la pasaríamos dando vueltas cojudamente hasta morirnos de hambre, sed y obviamente sin reproducirnos. Así que el hipotálamo es el gran chantajista que ayuda a que nos mantengamos vivos y permanezcamos sobre este planeta. Sin el cóctel de drogas que nos provee el hipotálamo para obligarnos a alimentarnos, satisfacer nuestra sed y aparearnos, no existiríamos. Cual dealer de noche barranquina, nos seduce con dosis de dopamina, y cual junkies repetimos el ritual de comer, beber y amar solo para sentir otra vez placer.

El enamoramiento ocurre porque la naturaleza sabe que, si el macho humano no se enamora de su pareja preñada, lo más probable es que apenas ésta se ponga barrigona, el macho la abandone y se vaya a buscar otros lugares por donde esparcir sus genes. La hembra humana se enamora porque de lo contrario no podría vencer la barrera de la desconfianza e irse a la cama con el sujeto de turno.

El amor, tiene razones evolutivas, no es más que selección natural, naturaleza salvaje. Y sí pues, tenían razón esos genios de Bloodhound Gang cuando, a mediados de los 90 cantaban: “You and me baby ain't nothing but mammals, So let's do it like they do on the Discover Channel…”

 

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PEPE VILLAORDUÑA
Periodista con pretensiones de cocinero. Sé preparar tallarines verdes, crema de zapallo y asado de osobuco con puré. Una vez mandé a cinco personas (incluido yo) al hospital por un plato mal preparado. De eso hace muchos años. Espero haber mejorado desde entonces.
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