Imagina el siguiente futuro: la gente solo morirá si así lo decide, todas las enfermedades (conocidas y por conocer) podrán ser curadas de forma inmediata, el genoma humano podrá ser corregido e incluso vuelto a escribir para convertirnos en una especie perfecta (escoge ser tan veloz como Usaín Bolt, tan inteligente como Stephen Hawkins y tan guapo como cualquier redactor de Dedomedio, o bueno pues, si lo prefieres, como Ryan Gosling), todo ingenio o máquina que desees que exista podrá ser creada (¿incluso la máquina del tiempo?). Alucina más: si conservaste el ADN de tus seres queridos fallecidos, podrás traerlos nuevamente a la vida. ¿Más lejos?: tu conciencia podrá ser escaneada para que vivas una virtual y perfecta existencia dentro de una computadora, o podrías colocar esa conciencia dentro del cuerpo de un robot (más fuerte, más perfecto, sin límites e inmortal). No, no es ciencia ficción ni el argumento de la próxima serie de HBO. Ese es el futuro de la Singularidad, una palabra que tienes que aprender de una vez, pues redefinirá al ser humano y al propio planeta de una forma en la que aún no somos capaces de imaginar.
Segundos antes de ingresar a la cámara de criogenia –especialmente diseñada para él en lo que fuera un camión frigorífico del camal de Yerbateros–, el ex presidente recordó el artículo que había leído meses antes en una de sus revistas preferidas. En ella, encontró la historia de unos ratones sometidos a un tratamiento en el que se les reactivaba una enzima llamada telomerasa. Tras leer y releer el párrafo en el que se aseguraba sin ambages que los ratones se volvieron más jóvenes después del tratamiento, el ex mandatario pegó un brinco hasta el techo. Si el rejuvenecimiento era posible en unos viles roedores, tarde o temprano la cura contra la senilidad estaría disponible para animales un poco más grandes. No, no se refería a ratas, sino a humanos. Pero ‘tiempo’ era la palabra clave. Tiempo para que la ciencia se desarrolle lo suficiente. Tiempo para que esa tecnología sea de uso tan común como leer el correo mientras se viaja en auto. La ciencia podría conjurar las más grandes e implacables amenazas que se ciernen sobre el ser humano: la senectud y a la muerte. En el mismo artículo leyó que ese desarrollo científico tenía una fecha de llegada: 2045, el año de la Singularidad.
La pesadilla de Sarah Connor es inminente. Las máquinas terminarán superando en habilidad e inteligencia a los seres humanos. Es cuestión de simplemente observar el vertiginoso avance en el desarrollo de la tecnología informática para caer en la cuenta de que no va a pasar mucho para que un iPhone sea más inteligente que muchos funcionarios públicos (esteee, bueno, eso ya es cierto hoy en día). ¿Y cómo así? La clave está en lo que se conoce como la “explosión de inteligencia”, descrita ya en 1965 por Irving John Good:
“Definamos una máquina superinteligente como una máquina que puede sobrepasar todas las actividades intelectuales de un ser humano, no importa lo listo que éste sea. Dado que el diseño de máquinas es una de esas actividades intelectuales, una máquina ultrainteligente podría diseñar máquinas aún mejores. En este caso, incuestionablemente, se produciría una “explosión de la inteligencia” y la inteligencia humana quedaría muy atrás… En consecuencia, la primera máquina ultrainteligente es la última invención del hombre”.
Y lo que muchos sostienen es que no estamos muy lejos de construir esa primera máquina superinteligente. A pesar de los reality shows, la ortografía y sintaxis en los mensajes de texto y los tweets, y de la forma en que somos gobernados, es innegable que el ser humano ha dado saltos impresionantes en materia de conocimiento solo en la última década. Descifrar la secuencia del genoma humano es solo un ejemplo de cómo en los primeros años del siglo XXI ha habido más innovación que en toda la primera mitad del siglo XX.
Paralelamente, se ha cumplido casi al pie de la letra (y durante más de 40 años) la famosa Ley de Moore: el número de transistores que pueden entrar en un microchip se duplica cada dos años, lo que lleva no solo a mayores velocidades de procesamiento de la información, sino también a un abaratamiento de la tecnología. Las computadoras se vuelven más potentes cada vez más rápido, y no son pocos los que prevén que en algún momento desarrollarán algo muy parecido a la inteligencia humana. Sin ir muy lejos, una computadora llamada Watson, de la IBM, ya venció a seres humanos en el juego de preguntas y respuestas Jeopardy. Ojo, Watson aún no es “inteligente”. De hecho, ni siquiera supo que ganó un concurso, no es consciente de sí misma, y solo actuó de la forma en que fue programada. Pero ya aprendió a actuar como si fuese inteligente, descubriendo trucos en las preguntas con doble sentido, y encontrando las respuestas a los problemas que le planteaban, buscando entre textos sin ninguna estructura previa – Shakespeare, Wikipedia, el New York Times, la Biblia, y miles de textos más fueron metidos en su sistema, en un total 200 millones de páginas, y la computadora buscaba y ordenaba la información de acuerdo con cada pregunta. Los críticos sostienen que las computadoras, incluida Watson, jamás lograrán equiparar la inteligencia humana pues nunca serán conscientes de sí mismas. Pero otros dicen que no importa si las máquinas llegan o no a ser inteligentes o cuál es la definición de inteligencia que escojamos, con tal de que los resultados de sus acciones sean los mismos que lograría una persona inteligente.
Juntemos todo lo anteriormente mencionado y tendremos que en algún momento dado, no muy lejos en el futuro, efectivamente vamos a llegar al momento de la Singularidad: un momento en que las máquinas van a poder hacer todo lo que hacemos los seres humanos, pero mejor e infinitamente más rápido. Tan rápido que en adelante prácticamente todo será posible.
Un artículo de la revista Time, llamado 2045: el año en que el hombre será inmortal” dice al respecto lo siguiente: “…no hay ninguna razón para pensar que los ordenadores dejarían de hacerse más poderosos. Estos seguirían desarrollándose hasta volverse de lejos más inteligentes de lo que somos los humanos. Su tasa de desarrollo también seguiría aumentando, porque las computadoras tomarían el control de su propio desarrollo dejando atrás a su más lentos de pensamiento creadores humanos. Imagínese un científico de computadoras que sea a su vez una computadora superinteligente. Podría trabajar de forma increíblemente rápida. Podría procesar enormes cantidades de datos sin esfuerzo. Y no tomaría descansos para jugar Farmville”.