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EL FIN DEL MUNDO (COMO LO CONOCEMOS)

¡MANTENGAN ESTE EJEMPLAR LEJOS DE ALAN GARCÍA! Por: Charlie Townsend | January 17, 2012 - 5:27 pm

Raymond Kurzweil, el gurú de la Singularidad, se atreve a hacer algunas predicciones: “Hacia el 2029, las computadoras van a tener el nivel de inteligencia de un ser humano. Establezco la fecha para la Singularidad –representando una transformación profunda y negativa en las aptitudes humanas– para el 2045. La inteligencia no-biológica creada para ese año va a ser mil millones de veces más poderosa que toda la inteligencia humana actual”. Viniendo de la misma persona que predijo con décadas de anticipación el derrumbe de la Unión Soviétiva, el año en que una computadora le ganaría al campeón humano de ajedrez, la explosión de Internet y el uso que tendría en la actualidad, y hasta el rol que tendría el uso de redes sociales de internet en la caída de dictaduras cuando éstas ni siquiera existían, es algo que deberíamos tomar en serio.

El futuro ya no nos quiere

Nunca dudó de su decisión. Ni siquiera cuando, como un rayo que cae del cielo, sintió la gélida ráfaga que recorrió su cuerpo casi sin darle tiempo de terminar de formular el siguiente pensamiento: sea lo que sea que le deparase el futuro, no había la menor duda de que sería mejor que su presente. Esa había sido una constante en su vida: saber que el futuro será siempre superior. Desde que era un joven e hiperactivo diputado, hasta cuando fue presidente por primera vez, y ahora que acababa de abandonar su segundo mandato, la idea le caía como una certeza pesada y tangible: el futuro es mejor. Solo tenía que engañar al tiempo para llegar al futuro de la Singularidad sin permitir que el devenir, y los desayunos diarios de pan con chicharrón y camote –con su pan con sangrecita y salchicha huachana más, le consuman la salud. Tiempo. Pero todos estos pensamientos, que no se llegaron a formular de manera verbal, sino apenas como un chispazo a punto de deslumbrar, se quedaron colgados de su consciencia, congelados frente a su ser. Acababa de ser criogenizado.

El 24 de abril de 1995, Theodore John Kaczynski  –quien entre 1978 y 1995 había enviado 16 bombas a universidades y aerolíneas, que acabaron con la vida de 3 personas e hirieron a otras 23–, envió una carta al diario The New York Times en la que prometía cesar sus acciones terroristas, si dicho diario o The Washington Post publicaban su ensayo **industrial society and it’s future**, conocido también como el “Manifiesto Unabomber”. Antes de pasar a la clandestinidad, Kaczynsk había sido un niño genio. Sus profesores siempre reconocieron sus habilidades extraordinarias –resolvía problemas matemáticos que sus maestros no podían resolver. Se graduó en la Universidad de Harvard y obtuvo un doctorado en matemáticas por la Universidad de Míchigan, y fue nombrado profesor asistente en la Universidad de California, Berkeley, a la edad de 25 años. Sin embargo, un buen día de 1971 le dijo adiós a todo y se mudó a una cabaña sin luz ni agua corriente en las remotas tierras de Lincoln, Montana, donde empezó a aprender técnicas de supervivencia y autosuficiencia. Y de ahí pasó a declararle la guerra a la tecnología, mediante una serie de atentados dirigidos a científicos y aerolíneas, que tuvo es ascuas al FBI durante casi dos décadas. La razón de ese “click” que le produjo la pelea de gatos en la cabeza, tal vez pueda entenderse en el siguiente párrafo de su “Manifiesto”:

“Primero postulemos que los científicos de ordenadores son afortunados desarrollando máquinas inteligentes que puedan hacer todo mejor que los seres humanos. En ese caso presumiblemente todo el trabajo lo harán enormes sistemas de máquinas altamente organizadas y no será necesario ningún esfuerzo humano. De ahí en adelante podría ocurrir una de dos cosas: se puede permitir a las máquinas que tomen sus propias decisiones sin supervisión humana o se puede retener el control humano de las máquinas.

Si se permite a las máquinas tomar sus propias decisiones no podemos hacer ninguna conjetura hasta ver los resultados, porque es imposible adivinar como se comportarán. Sólo señalamos que la suerte de la raza humana estará a su merced. Se puede argumentar que el ser humano nunca será tan estúpido como para entregar todo el poder a las máquinas. Pero no estamos sugiriendo que la raza humana voluntariamente transfiera el poder a las máquinas ni que estas se apoderen de él deliberadamente. Lo que sugerimos es que fácilmente se permita derivar a una posición de tal dependencia que no tendríamos prácticamente otra elección que aceptar todas sus decisiones. Como la sociedad y los problemas con los que se enfrenta se vuelven más y más complejos y las máquinas más y más inteligentes, la gente dejará que las mismas tomen cada vez más decisiones por ellos, simplemente porque éstas conducirán a mejores resultados que las hechas por los seres humanos. A la larga se puede alcanzar una etapa en que las decisiones necesarias para mantener el sistema en marcha serán tan complejas, que los seres humanos serán incapaces de tomarlas inteligentemente. En esa etapa las máquinas poseerán el control efectivo. La gente no podrá simplemente apagarlas, porque tendrán tal dependencia que desenchufarlas equivaldría al suicidio”.

Ahora, claro, tú puedes decir que Kaczynski, conocido como el Unabomber y que sesalvó de la pena de muerte solo tras aceptar sus delitos y acceder a una condena de cadena perpetua, era un loco y por lo tanto no tiene mucho sentido hacerle caso. Pero en marzo del año 2000, el pionero en desarrollo de software y co fundador de Sun Microsystems, Bill Joy, escribió un ensayo para la revista Wired titulado **por qué el futuro no nos necesita**, en el que rescataba esta cita del Unabomber –que ya había sido citada antes por Kurzweil, y manifiesta su temor respecto a un futuro que parece cada vez más inevitable.

Bill Joy señala que, a diferencia de la que fue la gran amenaza del Siglo XX: un cataclismo nuclear, la amenaza de la Singularidad es de lejos más peligrosa. “Los robots, los organismos cibernéticos y los nanobots comparten un factor de peligro amplificado: se pueden auto-replicar (crear una copia de sí mismos tomando materiales a su alcance). Una bomba explota solo una vez, pero un robot autoreplicante se puede convertir en muchos, y rápidamente salirse de control”. Joy agrega una segunda amenaza con respecto a las bombas nucleares: construir una bomba atómica requiere de materiales que no son fácilmente accesibles, pero construir robots autoreplicantes, una vez que se tiene el conocimiento –el cual, como hemos visto, se difunde a pasos agigantados– no precisa de materiales poco disponibles, sino de insumos que abundan en la naturaleza.

“Ahora, con el prospecto de computadoras con una inteligencia similar a la humana en unos 30 años, surge una nueva idea: que podemos haber estado trabajando para crear herramientas que hacen posible una tecnología que reemplace a nuestra especie. ¿Cómo me siento al respecto? Bastante incómodo. (…) Dado el poder de esta nueva tecnología, ¿no deberíamos empezar a preguntarnos si podremos coexistir con ella? Y si nuestra propia extinción es siquiera posible gracias a nuestro desarrollo tecnológico, ¿no deberíamos andar con mucho cuidado?

Más vale prevenir que… ¡ya para qué!

No todos ven el asunto tan catastrófico. Kurzweil vislumbra –en su libro **la era de las máquinas espirituales**– un futuro en el que los humanos seremos en parte máquinas, no solo para extender nuestras capacidades físicas (desde corazones de silicón mucho más resistentes, hasta vigorosos cuerpos con esqueleto mecánico) sino incluso las intelectuales. Seríamos una especie de mestizos, mitad humanos y mitad máquinas, por lo que seguiríamos al mando.

Sin embargo, no estaría mal aplicar algunas recetas que nos han ofrecido visionarios de la ciencia ficción. Nosotros nos quedamos con las leyes que diseñó Isaac Asimov en su cuento **círculo vicioso**, con la que estarían programadas todas las máquinas inteligentes:

  1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Aunque al final, todo se reduce a que las máquinas quieran hacernos caso. O peor aún, que en su afán de preservarnos, como hemos visto muchas veces en las películas, nos conviertan en simples rebaños menos activos que las vacas de hoy, que sueñan que son libres. Porque como advierte el historiador científico George Dyson en su libro **darwing among the machines¨: “En el juego de la vida y la evolución, hay tres jugadores en la mesa: los seres humanos, la naturaleza y las máquinas. Yo estoy firmemente del lado de la naturaleza. Pero sospecho que la naturaleza está del lado de las máquinas”.

Epílogo

Despertó poco después de las celebraciones del año nuevo 2045. El futuro era tal cual lo había imaginado. Autos transitando por los aires en invisibles vías de comunicación, gente hablando con otras personas a través de los implantes telefónicos instalados en sus cerebros y sin necesidad de formular palabras a través de sus bocas. Y todos eran jóvenes. Debía hacer algo con eso, pues aunque notaba que había bajado varios kilos en los años que permaneció congelado –y con una dieta de soluciones salinas y nutritivas suministradas por vía intravenosa–, sus pieles colgaban por todos lados formando pliegues como si fuese un shar-pei. Mientras pensaba esto, un mensaje confirmándole una cita para cirujía plástica apareció en su mente. “¡Genial!”, pensó. “¡Citas telepáticas!”. Minutos después, mientras se dirigía a visitar a sus familiares que lo esperaban impacientes, se alegró más de ver que, en esta Lima trasmutada de mediados del Siglo XXI, su obra más preciada estaba por fin funcionando: el tren eléctrico era una atracción turística sumamente concurrida –no llegó a leer el letrero que la presentaba como la obra de ingeniería más cara e inútil de la historia.

La llegada a su casa en Chacarilla –antigua zona residencial, ahora poblada de edificios de vivienda social de 50 pisos– superó todas sus expectativas: fue recibido por un clon de Víctor Raúl Haya de la Torre que recitaba a los maestros griegos frente a un grupo de mozalbetes integrantes de las nuevas juventudes apristas (sí, era cierto: “el APRA nunca muere”). Rómulo León estaba libre, rejuvenecido, y no le guardaba rencor por las canalladas pasadas. Por si fuera poco, un nuevo comando de campaña, encabezado por un clon de Mercedes Cabanillas en un cuerpo de súper modelo de Victoria’s Secret, ya tenía lista su postulación a la presidencia del Perú para el año 2046. En efecto, el futuro era siempre mejor.

El ex presidente soñaba todo esto mientras su pesado cuerpo se deshacía en polvo que era lanzado al espacio. Su conciencia había sido rescatada para la eternidad, pese a que su cuerpo no había podido sobrevivir al proceso de criogenización. Un programa de computadora le creaba una realidad a su medida, en la que Alan fue feliz para siempre, reeligiéndose cada 5 años, ganándose eternamente el afecto de empresarios e inversionistas; y escribiendo ensayos sobre canes y horticultores que eran celebrados por académicos y eruditos. Pero todo era falso, como su popularidad al final de su segundo mandato. Apenas ceros y unos que se acumulaban sin consecuencia alguna para el resto del mundo. Bits perdidos en un disco duro de silicio, como un grito soltado en fondo del mar.

Ilustración: Guillermo Fajardo

 

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