
Es diferente hablar de la Venezuela chavista desde la perspectiva que da un informe periodístico, que hacerlo desde las mugrientas y a la vez ostentosas calles venezolanas. Y es que la política en un país autodenominado socialista y que al mismo tiempo consume más whisky 18 años en el mundo, es tan peculiar como su propio presidente. El politólogo Carlos León Moya se sumergió en los barrios altos y bajos de Caracas, para tratar de descifrar lo que quieren los venezolanos de cara a las próximas elecciones. El problema es que, si se cumpliesen los deseos de todos los venezolanos, cada mitad de la población haría desaparecer a la otra.
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El auto rojo se incendia. La humareda negra va hacia el cielo. Piedras vuelan sobre el coche con claro destino humano. Es una pelea campal.
Detrás del auto, al fondo, se ven varias personas con polos rojos. Decenas. Lanzan piedras hacia donde está el camarógrafo que capta la escena. Pero también les caen piedras a las personas con polos rojos. Claramente son lanzadas por personas que están del lado del camarógrafo. Los capta: polos blancos, amarillos, varios colores. El auto rojo se incendia y a ambos lados hay grupos de personas, claramente diferenciadas, que se lanzan piedras entre sí.
Es el 12 de setiembre del 2012 en Puerto Cabello, Estado Carabobo, Venezuela. Esa mañana debía llegar por vía aérea el candidato de la Mesa de Unidad Democrática, Henrique Capriles Radonski. Días antes, simpatizantes del gobierno habían amenazado con no dejar que la oposición realice la caravana que tenía planeada en la ciudad. Esa mañana hubo un enfrentamiento entre los simpatizantes de la oposición y el gobierno en varios puntos, incluido el propio aeropuerto. Al final, Capriles llegó a Puerto Cabello en una lancha.
Globovisión, el principal medio televisivo de oposición, emitió el video descrito. Acusaron a simpatizantes chavistas de haber boicoteado el acto de forma violenta e intolerante con la anuencia de la policía, la cual depende del gobierno nacional. Venezolana de Televisión, el principal canal estatal, pasó únicamente fotos del enfrentamiento. Acusó a la oposición de provocarlo al pasar por los “puntos rojos” donde militantes del Partido Socialista Unido de Venezuela se reunían para empezar actividades proselitistas. Según narraban, los heridos serían 25, “la mayoría de la militancia revolucionaria”, y culpaban a la policía de no haberlos protegido debidamente. Un solo suceso, dos canales, dos versiones, dos grupos enfrentados, dos formas de ver el país.
El auto rojo se incendia en Puerto Cabello. Éstas son las elecciones presidenciales más reñidas en la historia reciente venezolana. Hay muchas cosas en juego, y en riesgo. ¿Será Puerto Cabello un preludio de lo que puede ocurrir en Venezuela tras el siete de octubre? ¿Se incendiarán más autos rojos?
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La lluvia cae copiosa sobre la gente en éxtasis. Chávez habla exultante desde un balcón en Palacio de Miraflores. Tiene la camisa roja y la voz carrasposa. La escena es magnética. Admite estar sobrecogido y no es para menos. Es tres de diciembre del 2006 y acaba de ganar su tercera elección presidencial. El margen de la victoria es impresionante: obtuvo más de siete millones de votos, tres millones más que la oposición, lo cual hacía casi 63% de los votos válidos.
Tras ocho años de gobierno, Chávez estaba en su mejor momento. Había ganado todas las elecciones en las que compitió: presidenciales, legislativas y referéndums. Tenía el control total de la Asamblea legislativa, debido a que la oposición se había negado a participar el año anterior. Había superado un golpe de Estado y un duro paro petrolero, ambos cortesía de una oposición que jugaba a la insurrección con militares y medios de comunicación. Luego de años de pelea con la tecnocracia que la manejaba, consiguió el control de PDVSA y promovió el aumento del precio del barril de petróleo a niveles astronómicos. Los resultados sociales que venía obteniendo eran asombrosos: luego de inventar las Misiones, multiplicarlas e inyectarlas de recursos, la pobreza en los hogares había bajado de 55% a 32%, la pobreza extrema de 25% a 9,7% y el desempleo de 18% a 10,5% en solo tres años. Alta popularidad, invicto en elecciones, control del aparato del Estado, alto precio de petróleo y resultados sociales satisfactorios: no había mejor escenario para radicalizar el proceso.
Chávez propuso entonces llevar a Venezuela al socialismo del siglo XXI. Aunque brumoso, quedaba claro que buscaba superar a la propia Constitución de 1999. La radicalización del proceso en ese tercer mandato se evidenció, primero, en la no renovación de la licencia a Radio Caracas Televisión, y luego en la propuesta de referéndum para una reforma constitucional. Estas modificaciones incluían la reelección presidencial indefinida, la creación de Consejos de poder popular paralelos a las entidades federales, un mayor control presidencial de las fuerzas armadas, entre otros. El gobierno no calculó el rechazo y movilizaciones que generarían ambas. Igual tenía, de sobra, con qué responder.
Pero algo se quebró. La madrugada del 3 de diciembre del 2007, un año después de su apabullante victoria, Hugo Chávez reconoció en cadena nacional su primera derrota electoral en nueve años. El referéndum, llevado a cabo el día anterior, dio como ganador al “No” por 1% de diferencia. Fueron los mismos votantes chavistas los que no le dieron la victoria a Chávez: el “Sí” no llegó siquiera a los cuatro millones y medio de electores. ¿Estaba la Revolución perdiendo su encanto?
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Caracas limita al norte con el Ávila, un inmenso y verdoso cerro con variados picos que te enseña que Lima es amarilla, desértica y horrible. Al otro lado del Ávila están el mar Caribe y el Aeropuerto Internacional de Maiquetía. Al llegar por vía aérea a Caracas, después de pasar por un tedioso control migratorio con personal que mirará con desganada desconfianza tu pasaporte guinda y tu reserva de hotel, y luego de sortear a los propios empleados del aeropuerto que buscarán cambiarte dólares por un cambio mayor al oficial pero menor al que encontrarías en otra parte, uno se encuentra ante un duro dilema: ¿vale la pena abordar un taxi a Caracas cuyo costo bordea los 50 dólares?
Caracas es una ciudad cara para un connacional. La inflación venezolana es notable: una Coca Cola de medio litro cuesta tres dólares, una Oreo más de un dólar, una cajetilla de Lucky Strike siete dólares y medio, y un almuerzo relativamente cómodo no baja de diez. Pero existen dos tipos de cambio. En el oficial, un dólar equivale a 4,2 bolívares (4 con impuestos). En el paralelo, el dólar está poco más de 9 bolívares si buscas y regateas lo suficiente. Son las consecuencias del control del tipo de cambio y de divisas que aplica el gobierno: el dólar se vuelve una preciada mercancía.
Los taxis son también caros para alguien de la hermosa tierra del sol. Una carrera que en Lima costaría 12 soles, en Caracas cuesta al menos 80 bolívares (20 soles). La carrerita de Maiquetía a Caracas, donde el taxi deberá rodear el Ávila hasta llegar a la capital, no baja de 200 bolívares (50 soles). Existe además una regla importante: a mayor cara de perdido, mayor el precio del viaje. Lo que sorprende es cómo, si la gasolina es tan barata, el taxi es tan caro. Llenar el tanque de un auto –sí, el tanque, entero– cuesta 4 bolívares, menos que un paquete de galletas. El argumento de los taxistas es razonable: lo que ahorran en gasolina lo gastan en repuestos, que por los problemas de importación se vuelven caros, y en la mano de obra del mecánico.
¿Vale la pena tomar el taxi? La primera vez que estuve en Caracas, a mediados del 2007, había una línea de buses que por un costo accesible me llevó a uno de los paraderos del Metro. Llegué este año a Maiquetía con la firme intención de tomarlo nuevamente. Pero ahora tenía competencia. El Ministerio del Poder Popular para el Transporte había creado el SITSSA, Sistema Integral de Transporte Superficial S.A., una empresa estatal de buses a precios realmente cómodos. El taxi cobra 200 bolívares, la línea de buses privados 25, y el SITSSA únicamente 10. Compré un boleto con destino a Caracas, esperé 20 minutos a que llegara mi bus mientras me topaba con una astronómica cantidad de rusos, chinos e iraníes-sirios-libaneses-turcos-mujeres-con-velo en el aeropuerto, y enrumbé. En el camino, mientras mis grises poros se adaptaban a ese verde calor tropical, se me ocurrió ver el reverso del boleto. El slogan “¡Viviremos y venceremos!” que pronuncia el Presidente Chávez desde que le detectaron cáncer se repetía incesantemente. Y era un humilde boleto de bus.
El paradero final del SITSSA es el Hotel Alba Caracas. Sí, Alba como la Alianza Bolivariana de las Américas. Hasta el 2007 era el Caracas Hilton, pero el gobierno decidió rescindirle la licencia y tomó posesión del cinco estrellas. Algo similar ocurrió con el Hilton de Isla Margarita: fue nacionalizado (“adquisición forzosa”) después de un altercado con el gobierno el 2009. Ahora los Hilton son manejados por Venetur, operadora turística estatal que depende del Ministerio del Poder Popular para el Turismo.
Las consecuencias son mixtas. Lo positivo es que los precios de estos hoteles, dentro de los paquetes comercializados por Venetur, se volvieron accesibles para el público. Lo pintoresco es la presencia de cuadros con la rozagante cara de Chávez y las patillas de Simón Bolívar el Libertador en la recepción del hotel. Lo negativo es que no siempre el socialismo hotelero va de la mano con el buen servicio. Los testimonios que recogí en el Alba Caracas no eran positivos: el wi-fi no funcionaba y tampoco la mitad de los ascensores. Y eso que los incómodos huéspedes eran de izquierda.

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A diferencia de su período anterior, el actual mandato de Chávez tiene resultados bastante mediocres. La inflación ha venido mellando los ingresos del venezolano promedio, reduciendo su poder adquisitivo. La inversión social ha sido grande pero ineficiente, con resultados imperceptibles: en cuatro años apenas 0,1% de hogares salieron de la línea de pobreza, y solo 0,3% de extrema pobreza. La inseguridad es un problema cada vez más importante, y el gobierno renueva cada cierto tiempo sus propios planes. El aparato productivo del país continúa siendo un pasivo, y se importan más del 70% de alimentos que se consumen. La corrupción a nivel estatal no parece haber disminuido, y la independencia del Poder Judicial es cada vez menor.
Después de la derrota en el referéndum, Chávez se las ingenió para ir pasando partes de la reforma por la Asamblea Nacional, donde tenía total mayoría. Los resultados electorales, aunque satisfactorios, mostraban signos de retroceso. En las elecciones regionales y municipales del 2008, el oficialismo ganó 18 de los 23 estados, pero perdió la Alcaldía de Caracas y los estados Carabobo, Miranda y Zulia, los cuales son bastante poblados. En el referéndum del 2009, donde se decidía si se aprobaba o no la elección indefinida, ganó el oficialismo pero la posición contraria sacó más de 5 millones de votos. Finalmente, en las elecciones parlamentarias del 2010, el Partido Socialista Unido de Venezuela obtuvo una victoria pírrica. Logró la mayoría absoluta de escaños al obtener 98 de los 165 en disputa, pero no alcanzó los dos tercios de la Asamblea que era su objetivo inicial. La oposición, que postulaba unida en la Mesa de la Unidad Democrática, obtuvo 65 escaños pero una votación absoluta nacional similar al PSUV: 47,17% frente al 48,2% del oficialismo. El 3% restante lo obtuvo Patria Para Todos, partido que apoyó a Chávez durante años pero que se había alejado ya del gobierno sin pasar aún a la oposición. En suma, aunque el PSUV obtuvo la mayoría de escaños, la mayoría de los votos absolutos no estuvo con ellos.
Ese era el escenario a inicios del 2011. Un gobierno debilitado aunque con un Presidente que conservaba su enorme carisma y una alta aprobación, dado que el ciudadano común hace distinciones entre la acción del gobierno (la cual critica) y la de Chávez (al cual defiende). De todos modos, Chávez parecía menos imbatible que años anteriores, y su discurso duro y polarizante también parecía empezar a desgastarse. En tanto, la oposición había dejado de lado su inicial estrategia insurreccional y luego la abstencionista, para terminar uniéndose bajo un mismo paraguas, aumentando de forma progresiva los votos absolutos en cada elección, y con la clara intención de pelear unida contra Chávez en las siguientes elecciones presidenciales.
Hasta que le detectaron cáncer al Presidente de Venezuela.
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De noche, los autos en Caracas no paran en los semáforos. Los cruzan en rojo y esto es aceptado por todos. El motivo es la delincuencia: el conductor asume que si se detiene está volviéndose presa fácil. Cuando pregunto por esto a los taxistas, su respuesta es el número de autos que les han robado: uno, dos, tres. Las camionetas abundan en esta ciudad cuyos autos hacen ver a nuestro limeño parque automotor, lleno de ticos y station wagons, como una suma de reliquias destartaladas.
Por si fuera poco, el Metro de Caracas es un medio de transporte público, barato y veloz. Inaugurado en 1983, los caraqueños tienen años de experiencia acumulada en arrimar al resto para entrar al vagón a último minuto en espacios que a primera visita podrías jurar impenetrables. Sus ventanas funcionan también como espejos. Emperifolladas mujeres o muchachos con copetes estilo Cristiano Ronaldo se miran en ellos y se arreglan con ambas manos, con genial equilibrio mientras el Metro está en movimiento. La vanidad en Venezuela no es producto exclusivo de las Misses: es algo transversal, está en todos los estratos sociales y tiene raíces históricas rastreables que llevan hasta los años de la independencia. Las operaciones al busto y a la nariz son tan comunes en ellas que se vuelve difícil encontrar esas prominencias al natural. Las cejas depiladas y los peinados trabajados son tan comunes en ellos, que me siento un hombre de Lauricocha. La forma en que los habitantes de este valle salen vestidos a la calle, a cualquier hora, deja a un peruano de cumbres nevadas pensando que al indómito inca la apariencia le importó un carajo. Está también la impostación: no solo es la ropa, sino también la marca. El socialismo no puede con el capital simbólico. La marca más cara y visible, el celular más moderno (Venezuela es el país con mayor cantidad de Blackberrys per cápita), el auto más grande, el whisky más vistoso (Venezuela es el país con la mayor importación de whisky 18 años de la región).
Pero en el Metro de Caracas no solo veo vanidad: también se ven discusiones políticas a volumen alto. Pareciera que se fueran a pegar, pero no. Los venezolanos hablan de forma mucho más ruidosa que los ciudadanos de mi desierto. Sorprende además la forma que tienen de relacionarse entre sí: horizontal, igualitaria, en segunda persona, a veces algo brusca. Decía Roberto Da Matta que la pregunta “¿Sabe usted con quién está hablando?” era una muestra de la división existente en la sociedad brasileña, en la cual persistía la visión de que cada uno “tiene su lugar”: uno superior y otro inferior. El argentino Guillermo O’Donnell respondió diciendo que si alguien hacía esa pregunta en su país, la respuesta que recibiría sería “¿Y a mí qué mierda me importa?”: allí la relación entre ciudadanos es más igualitaria. Algo así pasaría en Venezuela, donde el tuteo es universal y el tono de voz no varía de acuerdo al interlocutor. Como me dijo una peruana residente décadas en Caracas: “si acá tú le hablas a alguien así, seguro te termina agarrando a coñazos”. Coñazos son golpes, por cierto.
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Tras la enfermedad de Chávez empezó la incertidumbre y el reagrupamiento. Incertidumbre por la sucesión: si algo mantiene unido al gobierno, al partido de gobierno, a las fuerzas armadas y a los simpatizantes dispersos es Chávez y únicamente Chávez. No tiene un número dos. Si Chávez moría, ¿quién lo sucedería al frente del gobierno? ¿Quién postularía en su lugar?
Reagrupamiento: la enfermedad sirvió al chavismo para recuperar parte de la popularidad perdida. La solidaridad que produjo su malestar trajo de vuelta a los simpatizantes que se estaban alejando: el Presidente, aún con sus destemples, también era humano. Durante su tratamiento, Chávez bajó el tono de la confrontación, cambió de slogan (de “Patria socialista o muerte” a “Viviremos y venceremos”) y dejó de lado la constante exposición que venía teniendo.
Incertidumbre. Tres personas eran las llamadas a suceder a Chávez: el vicepresidente Elías Jaua, el canciller Nicolás Maduro y el presidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello. Jaua es el que mejor imagen tiene en la ciudadanía, con la mayor intención de voto entre los tres en las encuestas realizadas con escenarios hipotéticos, y con cierta influencia en el aparato del Estado debido a los cargos que ejerció. Maduro en cambio tenía el apoyo de varias organizaciones sociales y también la confianza de los cubanos, un actor importante pero no determinante.
A diferencia de los anteriores, Diosdado Cabello es un ex militar y participó junto a Chávez en el intento de golpe del 4 de febrero de 1992. Tiene influencia en un sector de las Fuerzas Armadas –algo que no tienen ni Jaua ni Maduro– y también en el PSUV. Cuenta además con recursos propios (dinero, logística) que lo hacen estar un paso adelante. Sin embargo, es la persona más impopular del chavismo.
El gobierno de Chávez es a fin de cuentas una conjunción de civiles y militares bajo su liderazgo. En caso él no esté, ¿qué actor pesaría más en una sucesión? La mirada se dirigió hacia los militares. El PSUV no tiene una personalidad propia ni fuerza para hacerse cargo de una sucesión. En cambio, quien no tome en cuenta a los militares (más poderosos que nunca en Venezuela tras los 14 años de Chávez) estaría poniéndose al borde del tablero. Al final, Chávez se recuperó del cáncer y anda ahora recorriendo el país en campaña. El ministro de Defensa Henry Rangel dijo hace unos días que las Fuerzas Armadas –que arengan como bolivarianas, revolucionarias y antimperialistas– no aceptarían otro comandante que no fuera Hugo Chávez Frías. ¿Lo decía en serio?
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Sambil, Tolón, San Ignacio: en esta ciudad los centros comerciales ocupan un lugar privilegiado. Son los centros de esparcimiento por excelencia, el lugar de socialización, consumo y recreación de no pocos caraqueños. Puede que mi juicio sea errado por foráneo, pero los centros comerciales cumplen más funciones que en Lima. Uno de los motivos es la propia inseguridad: un lugar cerrado y con seguridad privada hace que sean considerados una buena y saludable opción de esparcimiento. Como fuese, hay centros comerciales por doquier en el este de Caracas. He encontrado también poquísimos parques, y lo que espero ver en ellos (gente sentada, mirando el tiempo pasar, conversando, haciendo nada) lo encuentro en las bancas de estos mall.
En los centros comerciales, entre más de un centenar de tiendas, hay siempre una o dos librerías presentes. Tímidas, solitarias, como pidiendo perdón. No son más surtidas que en Lima, y curiosamente tienen también una sección dedicada a los juguetes. Sí, libros con juguetes. Así ocurre en Nacho o Tecni-ciencias, que están presentes en la mayoría de centros comerciales. Lo peculiar es que la literatura política sobre Venezuela es mayoritariamente de oposición. Tremendamente. Hay algunos títulos serios, como los de Teodoro Petkoff, pero la mayoría son proclamas viscerales que en muchos casos lindan con lo esotérico. Los juguetes parecen más serios.
Por otra parte, están las Librerías del Sur, propiedad estatal y dependiente del Ministerio del Poder Popular para la Cultura (lo siento, pero es que son tan largos los nombres de los ministerios que dan ganas de citarlos enteros). Si en las librerías privadas uno encuentra juguetes, acá uno se topa con literatura latinoamericana a muy buen precio: los libros de la Colección Ayacucho. Sin embargo, los libros sobre política son el reverso de la moneda descrita anteriormente: publicaciones monotemáticas y aburridas, donde el análisis se deja de lado por una ideología de manual repetida ad infinitum. Variados compilados sobre Chávez que no aportan nada nuevo, salvo la destrucción de unos cuántos árboles. Hay por supuesto libros sobre política destacables e imprescindibles, pero se pierden entre una maraña hagiográfica que más que cultivar el “pensamiento crítico” lo desincentiva. Ser de izquierda no implica repetir las mismas cuatro ideas fuerza de siempre, y lamentablemente eso se encuentra en estas publicaciones. Viene a mi mente Ludovico Silva, también venezolano, cuando dijo “si los loros fueran marxistas, serían marxistas ortodoxos”.

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Amuay se incendia. Las llamas son gigantes, rojas, malditas en medio de la noche. El incendio en la mayor refinería de Venezuela, ubicada en el Estado Zulia, costaría la vida a más de 40 personas y traería al centro de la discusión la forma en que la estatal Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA) es manejada por el gobierno. Es 25 de agosto del 2012, falta mes y medio para las elecciones. Una tragedia así no es un problema menor.
La oposición critica que la actual PDVSA haya disminuido tremendamente su eficiencia, lo cual atribuyen al “manejo político” que le da el gobierno y al despido de casi toda su plana gerencial en el 2003 (aunque omiten que este despido se dio luego de que promovieran un paro petrolero que saboteó la economía del país). Consideran que PDVSA debía primero fortalecerse institucionalmente en lugar de dedicarse a cosas que no le competen, como programas de alimentación (PDVAL), de construcción de viviendas, entre otros. Simple: el incendio de Amuay sería consecuencia de una PDVSA que descuidó su propia gestión como empresa petrolera por dedicarse a reparar alcantarillas y vender aceite a bajo costo, como si esa fuese su tarea principal. El responsable político, entonces, sería el gobierno.
La respuesta de este fue rápida: es inmoral sacar provecho político de una tragedia. El oficialismo trae el recuerdo de “la antigua PDVSA”, la que recibió Chávez: manejada por una tecnocracia dorada –casi un MEF de Castilla– que la gestionaba como una empresa privada más, sin que sus utilidades sirvieran a todos los venezolanos; a punto de ser privatizada; trabajando por fuera de la OPEP aun cuando esto ocasionara una gran disminución del precio del crudo. No es una perorata cualquiera: PDVSA y el petróleo financian las políticas públicas del gobierno. Y del anterior a éste. Y así sucesivamente desde que se industrializó bajo la presidencia de Juan Vicente Gómez a inicios del siglo XX. El socialismo petrolero de Chávez es en parte una recreación ideologizada de la Venezuela saudita de los años setenta. Venezuela, como antes y como siempre, depende del petróleo y su precio. Sin tetas no hay paraíso, y sin petróleo no hay socialismo.
-Mientras el precio del petróleo sea tan alto, se pueden financiar fantasías –afirma Margarita López Maya, historiadora venezolana, cuya preocupación es qué pasará con el país cuando baje el precio del crudo.
Venezuela es un petroestado. Es decir, un Estado construido sobre la exportación casi exclusiva de petróleo. Lo fue antes de Chávez, lo es más ahora. Y pase lo que pase el 7 de octubre lo seguirá siendo. Al menos en el mediano plazo
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Juan Carlos Caldera es diputado de la oposición y candidato de ésta a la Alcaldía Sucre en Caracas. Es miembro de Primero Justicia, el partido de Henrique Capriles Radonski, y representante de su organización ante la Mesa de la Unidad Democrática.
No es. Era.
La mañana del 13 de setiembre, un día después del suceso en Puerto Cabello, diputados del oficialismo mostraron un video donde aparecía Caldera recibiendo dinero de un sujeto del que no se muestra su cara ni su voz original. Sin embargo, se escucha que el dinero es para la campaña de Capriles, y sería de parte de un empresario que “está en el extranjero”. El delito en el que habría incurrido Caldera sería soborno y recibir fondos del exterior. El diputado Julio Chávez dice que el video, fechado en mayo, se lo entregó gente de la misma oposición, “cansados de la compra y los sobornos”.
Pocas horas después, Capriles aparece en una conferencia de prensa. Deslinda con el hecho, dice que no se ensuciará las manos por nadie, y expulsa de su equipo de campaña a Caldera, quien será también expulsado de Primero Justicia. Minutos después, Caldera da una conferencia de prensa donde asegura no haber cometido delito. La persona que le habría entregado el dinero, afirma, es Wilmer Ruperti, un importante empresario venezolano dedicado al transporte marítimo y con contratos con PDVSA. El monto habría sido en bolívares, y el motivo fue que veía con buenos ojos la candidatura de la oposición. Igual Capriles y la oposición no dieron marcha atrás. Caldera quedó fuera. Qué hacía un empresario cercano al gobierno dándole dinero a un miembro del equipo de campaña de Capriles quedó en el tintero.
Apenas unos días antes, cuatro minúsculas organizaciones se retiraron de la Mesa de la Unidad Democrática, paraguas que une a la oposición en estas elecciones. Horas después, dos de las personas que firmaron el retiro fueron expulsadas de sus organizaciones, las cuales afirmaron su intención de permanecer en la Mesa. Situación confusa en la que la oposición acusó al oficialismo de pagar 200 mil dólares a las personas que firmaron el retiro. Una semana antes había empezado el cambalache, cuando miembros de la propia Mesa denunciaron en público un supuesto “paquetazo” económico oculto de la oposición, con la firma del propio Capriles Radonski. La oposición lo desmintió, pero la bola ya estaba rodando. En adelante, el oficialismo se encargaría de machacar sobre el tema y preguntar qué tiene en mente hacer la oposición con la economía. Luego vinieron las cuatro renuncias. Después el desmentido. Siguió Puerto Cabello, y al día siguiente el caso Caldera. Todo en una semana.

10
-¿Por quién voy a votar? –me preguntó airado un dirigente de la Parroquia 23 de enero– ¿Por Chávez, que nos dice “pueblo te quiero” y nos habla con cariño, como si fuera uno de nosotros, o por esos coño de madre que siempre nos insultan y nos dicen “hordas chavistas”?
En estos catorce años, Chávez ha sido respaldado por los más pobres de Venezuela. Su votación en zonas menos urbanas y de mayor pobreza era apabullante, y la oposición arrasaba en las zonas más pudientes. Chávez mismo alentó eso, no solo con la agresiva inversión social en los sectores pobres, sino también con un discurso clasista. Polariza entre pobres y ricos, entre los que no recibieron la riqueza petrolera durante la cuarta república y aquellos que sí y ahora claman por recuperar sus privilegios perdidos. Aunque los discursos políticos nunca son del todo ciertos, siempre tienen una base real. En este caso también.
Tanto Margarita López Maya como Teodoro Petkoff coinciden sobre el respaldo popular a Chávez. También en que, a diferencia de años anteriores, el apoyo social de los pobres hacia él ya no es tan firme y homogéneo como en sus mejores tiempos, aunque no se sabe si esto será suficiente para la oposición.
Caracas es una ciudad casi escindida, con diferencias muy marcadas entre el opulento Este y el desfavorecido Oeste, entre una Caracas llena de edificios y los barrios tugurizados que la rodean desde los cerros. Estas diferencias tienen correlatos políticos. En Altamira o Chacao casi no se encuentran chavistas, y en parroquias como Catia o 23 de enero la presencia de la oposición es ínfima. Incluso hay zonas donde no pueden hacer campaña. Hace poco Capriles tuvo que cancelar un acto en La Pastora, oeste de Caracas, por las amenazas recibidas.
(Un personaje de Pim Pam Pum, novela de Alejandro Rebolledo publicada en 1998, sube al barrio José Félix Ribas en Petare. Es un muchacho del Este que va al barrio a comprar droga, y su vendedor, El Bróder, llama a él y a todos sus amigos “gringuito”. A fin de cuentas todos los del Este se parecen. “Caracas parece, desde acá arriba, un parque verde, no la basura que realmente es. Los edificios imponentes. Para lo que viven en José Félix, del valle perfecto vienen las telenovelas y Baywatch, toda la mierda. Desde aquí Caracas es igual a Beverly Hills, es igual a ficción, otro planeta. Abajo queda el cielo y arriba el infierno”).
Capriles tiene un discurso menos confrontacional que los candidatos opositores anteriores. Eso juega a su favor, y aunque su origen social acomodado lo ubica claramente a un lado del espectro parece no haberlo afectado. Chávez tiene en contra el desgaste de 14 años de gobierno, pero juega a su favor las medidas aplicadas que han producido –dentro de las enormes ineficiencias– mejoras tangibles en la población menos favorecida. Aunque los índices de corrupción son graves y el creciente autoritarismo del gobierno no tiene visos de retroceder, éstas no son consideraciones determinantes a la hora del voto. Ambos candidatos se centran en la economía y su manejo para descalificar a su rival. Ambos apelan también a lo emocional.
Chávez no ha aceptado un debate televisado con Capriles. Tiene sentido: quien va adelante nunca tiene interés en arriesgarse. ¿Pero Chávez va adelante? Las encuestas son variadas y para todos los gustos, y ambos candidatos califican de falsas a las que dan como ganador a su rival. A inicios de julio, miembros de la misma oposición me decían que según sus propias encuestas Chávez iba adelante, pero por menos de 10%. Era un gran avance, teniendo en cuenta que 6 años atrás la diferencia fue de 36%. Remontar un dígito en tres meses de campaña parecía factible. ¿Lo será ahora?
Sin duda son las elecciones más reñidas en la historia reciente de Venezuela. Una oposición que ha venido mejorando su imagen pública y su desempeño electoral en los últimos años, y un gobierno con problemas de gestión y con un electorado cautivo que debe reconquistar. Aunque ahora tiene a Chávez como el principal candidato, y es un candidato extraordinario, muy difícil de enfrentar, no solo por sus innegables cualidades políticas, sino también por el uso de recursos públicos para su campaña. La oposición parece estar cerca del objetivo, pero solamente cerca. Aún permanece la percepción de que ésta será la tercera reelección de Chávez.
Sin embargo, también está el escenario negativo. El Consejo Nacional Electoral, claramente, tiene preferencia por la candidatura de gobierno. Sanciona a la MDU por los mismos hechos que, cuando se trata del PSUV, le valen hacerse de la vista gorda. Sin embargo, no hay indicios hasta ahora de fraude ni nada similar. ¿Pero qué pasaría en caso la diferencia entre un candidato y otro sea ínfima? ¿Si, al igual que en el referéndum del 2007, la diferencia es menor a 1%? Es especulación. Hasta ahora, Chávez parece ir adelante. Parece. Pero la polarización existente hace que todo resultado tenga tras de sí un posible escenario de violencia. ¿Se incendiarán más autos rojos en Venezuela?
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