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VOTAR DESDE LA CUNA

LOS VIEJOS A LA TUMBA Por: Dedo Medio | November 9, 2011 - 7:36 pm

¿Quién tiene la culpa de cada payaso que se convierte en autoridad de lo que sea? Los electores. Se han planteado cientos de propuestas para corregir la forma en que se lleva a cabo el voto: eliminar el voto preferencial, cambiar el número de distritos electorales, regresar a la bicameralidad, exigir título universitario a los postulantes, quitar el derecho de voto a quienes no pagan impuestos, y un largo etcétera. Pero hasta ahora, los adultos la seguimos haciendo mal, así que podría ser buena idea darles el derecho de voto a los niños. ¡¿Qué cosa?! ¿Suena absurdo? ¿Inconcebible? ¿Utópico? Piénsalo bien. Los niños no entran en componendas (aunque los helados y banquetes de comida chatarra son altamente tentadores para ellos), son más honestos (recuerda eso de que “los niños y los locos siempre dicen la verdad”), y hasta podrían ser más sabios que tú, y si no lo son, ¿acaso nos puede ir peor de lo que nos va ahora? A continuación una propuesta que está siendo seriamente debatida en el primer mundo.

Antes de que te empieces a rascar la cabeza y pensar “qué se han fumado éstos”, entérate de que la idea parte de una carta abierta (1), dirigida a la revista gringa The Economist y una posterior discusión en Político (2), como respuesta a un reportaje publicado en noviembre 2010 sobre el problema del envejecimiento de la población japonesa. La carta subrayaba un hecho alarmante: Japón, con 126.8 millones de habitantes, se ha vuelto el país con el ritmo de envejecimiento más rápido del mundo. En menos de 15 años, la edad promedio de los electores nipones alcanzará los 65 años, con lo que más del 30% de electores serán de la tercera edad. La breve respuesta de Reiko Auki, directora del Centro de Estudios Intergeneracionales de Japón, sugiere extender el derecho de voto a ni más ni menos que los niños (derecho que, ojo, sería ejercido por los padres hasta la edad legal para la votación). “Jajajajá”, dirás tú, pero la idea va en serio.

¿Viejos problemas o problemas de viejos? 
El tema ha dado mucho que hablar. Estuvo en el foro Web “Político” (2) y dio origen a una carta abierta, publicada en varios medios de Quebec (3), escrita por un joven de 19 años. Japón no es un caso aislado. Es la lúcida constatación de una sociedad que, frente al resto del mundo, está envejeciendo de manera vertiginosa. Sin embargo, el resto del globo no está exento del problema. Actualmente, el 7.6 % de la población mundial está encima de los 65 años, pero las proyecciones son preocupantes. En el 2050 el mundo llegará a un 21% de personas por encima de los 60 años, contra el 10% actual. En 20 años América del Norte contará con un 28% de su población por encima de los 60 años. China y Europa occidental (4), con un 31%. Según la ONU, el aumento será más marcado en los países en desarrollo, donde la población anciana se cuadruplicará en los próximos 50 años (5). ¡Esos sí que son muchos viejos!

Y un problema que surge es cómo un electorado de adultos mayores afectaría las decisiones políticas. ¿Pedirán más gastos públicos en salud, en programas sociales para la tercera edad y en planes de pensión, mientras menos trabajadores productivos crean los recursos que financien sus reclamos? El poder político del sector “60 +”, tradicionalmente más conservador, desbalanceará los temas debatidos en el Gobierno. El “problema” es que este “poder canoso” tiene un cuerpo electoral significante. En muchos países industrializados, los jubilados se han vuelto la categoría electoral que más rápido crece, lo que hace decir a ciertos especialistas que estamos entrando en la Era de la Tercera Edad.

Votar, ¿pero para quién? 
Después del voto para las mujeres y los analfabetos, las personas menores de edad son el último grupo social que no ha visto reconocido sus derechos a reclamar una participación activa en la vida política. Por más que los candidatos expongan sus proyectos “en nombre de los niños”, estos no tienen ningún poder para castigar a los elegidos que no respeten sus promesas. Tienen que encomendarse a la buena voluntad de sus padres y abuelos para proteger sus intereses, pero ¿será suficiente?

Esto es lo que quiere reafirmar esta propuesta. Según ella, hasta que sus hijos cumplan la edad legal para votar, los padres serían los depositarios de su derecho al voto, es decir, en cada proceso emitirían tantos votos como hijos tengan. Puede parecer ilógico que recaiga sobre los padres la responsabilidad de votar por sus hijos, especialmente cuando ellos no siempre comparten los mismos ideales de su progenie. Pero la responsabilidad lleva también a la reflexión, y los padres podrían efectivamente evaluar, por cada vez que emitan un voto a nombre de uno de sus hijos, qué políticas son beneficiosas para los mismos.

No es tan descabellado si recordamos, como lo hace Reiko Auki en su carta, que cuando la esclavitud era legal, una provisión Constitucional establecía que los esclavos eran 3/5 de una persona, y por lo tanto, su número ayudaba a determinar el número de escaños que le correspondía a cada Estado en el Parlamento. No votaban, pero sus 3/5 de “derecho” no se desvanecían en el aire.

La primera consecuencia de medidas como ésta sería que los gobiernos lo pensarían dos veces antes de continuar con la mentalidad “aprovechar ahora, pagar más tarde”. Así, las políticas relacionadas al medio ambiente, la educación y la deuda, serían omnipresentes porque la voz de los que vivieran con las consecuencias se haría escuchar.

¿Suena bien ahora sí? Si tienes aún resistencias, veamos algunas ideas falsas al respecto.

Mitos infantiles

a) Los niños no deberían votar porque no tienen la “edad de razón”. 
La adultez legal que confiere el voto ha cambiando constantemente. Bajó de 25 a 21 años. Ha bajado más en tiempo de guerra y se estabilizó en 18 años. Austria dio el paso para cambiarla a 16 años en el 2007, al igual que Brasil, Cuba y Nicaragua en los últimos años.

En ciertos países, los jóvenes son consultados en caso de una operación importante; a los 16 años pueden manejar un auto y ser miembros de un partido político; pueden trabajar legalmente a los 14 (según la OMT); pueden decidir si dejan la escuela a los 16; pueden casarse desde los 15 y las mujeres tienen mayoría sexual desde los 13. Pero no pueden votar. Diversos estudios han demostraron que por lo general, los niños entre 11 y 16 años desarrollan las mismas habilidades de razonamiento que las de los adultos, aunque la madurez psicosocial sí sigue evolucionando.

b) Los niños pequeños no deben tener derecho al voto porque no saben ni leer, ni escribir. 
Según la UNESCO, la tasa de analfabetismo en el mundo equivale a 1/5 de la población mundial. Pero hoy ya no es considerada como un impedimento al derecho de votar, de la misma manera que el nivel de escolarización tampoco es un criterio de elegibilidad.

c) No participan activamente a la vida económica. 
Buen punto. ¿Y qué hay de los inmigrantes que sí participan de la vida económica, pero que no tienen derecho de voto porque todavía no se les entrega su ciudadanía o porque son ilegales? De acuerdo con un informe de la ONU sobre migración internacional, el mundo contaba en 2010 con 214 millones de migrantes, es decir 3.1 % de la población mundial. De estos, entre 20 y 30 millones estarían en una situación de ilegalidad. ¿Y qué hay de los ancianos que algún día participaron de la vida económica, pero que ya no? ¿Se les quitaría el derecho a votar? Este criterio está hace mucho tiempo superado cuando decidimos no basar la elegibilidad en el tamaño del bolsillo.

d) Los niños no deberían votar porque no están suficiente informados para tomar una decisión responsable.
¿Realmente queremos llevar esto al terreno de la capacidad de tomar decisiones? Porque aquí podríamos descalificar a muchos. A los que no leen las plataformas. A los que no saben cómo funciona el sistema político. A los que ni leen los diarios, ni escuchan los programas de asuntos públicos. A los que votan por el color de la camiseta o por el color del candidato. A todos esos daltónicos políticos. El analfabetismo político es una plaga. Si empezamos con eso, no terminamos nunca. La calificación para votar no está basada en la cualidad de razonamiento del elector, nunca lo estuvo. Y los resultados saltan a la vista.

Más allá de la cuna
Entonces, ¿los que tendrían más hijos tienen más derechos? No exactamente. Cada persona (niño o adulto) tendría sus propios derechos, pero alguien representaría esos derechos. No se trata de quitar el poder a los ciudadanos que no tienen niños (o tienen menos), ni de despreciar el peso electoral de los ancianos, sino de respetar más fidedignamente el paisaje poblacional (a fin de cuentas, las decisiones políticas de hoy afectan el futuro de los niños) y, en este caso, considerar políticamente una parte significativa y activa de la población: los jóvenes. No puede ser que una persona recién empiece a existir políticamente a los 18 años. Tampoco se trata de debatir ahora mismo sobre la capacidad de los padres para tomar las mejores decisiones para sus hijos a la hora de canjear su voto. Se trata de incluir a los jóvenes como ciudadanos o al menos como “pre-ciudadanos”. Si bien existen algunas diferencias entre niños y adultos, la principal no es la capacidad. Creer eso es caer en prejuicios “adultistas” y paternalistas, como los que excluyeron a las mujeres por muchos siglos.

Niños: a empezar los reclamos de derechos ya. Antes de que se vuelvan viejos.

1. Aquí podremos encontrar la carta de Auki.
2. Artículo y debate en el foro Politico.
3. Carta de Laurent Messier-Maynard, « Le droit de vote aux enfants? », Cyberpresse, 28/01/2011.
4. Fuente: Datos de 2007. Probabilistic world population projections, International Institute for Applied Systems Analysis (IIASA).
5. ONU. Informe de la Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento. En línea aquí.

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