Miércoles, 08 de setiembre de 2010
 
 
¡AYOBA JOBURG! (*): O todo lo que le puede pasar a un Dedomedio en la ciudad del Mundial, gracias a una cerveza
Recibimos una llamada de la cervecera Brahma con una pregunta a la que era difícil resistirse: “¿Quieren ir a ver los octavos de final del Mundial de Sudáfrica?”. Nuestra respuesta no se hizo esperar: “¿Necesitas que te mandemos una oreja, la cabeza, o basta una fotografía del cadáver?”. –“No, huevas, lo único que tienen que hacer es, primero regresar, y después escribir sobre el viaje”. –“Sale. Lo del muerto te lo ponemos de yapa”. –“Nada de muertos. Solo queremos leer un buen artículo. Nos gusta la revista”. –“Ok. La hacemos. Pero si algún día tienes un problema o quieres sacarte a alguien de en medio, no te preocupes, eso ya está pagado”. - “Tú-tú-tú…”. –“¿Aló?... ¿Aló?...”.
Por: José Villaorduña
– ¿Te gusta? – La señora que minutos antes me había parecido extremadamente amable, soltó la pregunta ya a punto de exasperarse de que yo no cayera en la cuenta de nada.

Frente a ella, la niña, de una piel negrísima y unos hermosos ojos del tamaño de dos pelotas de golf, hizo una mueca parecida a una sonrisa y extravió la mirada en uno de los pasillos del centro comercial. A sus aproximadamente quince años debía haber escuchado la misma propuesta decenas de veces. El trámite simplemente le aburría.

- Si te gusta – dijo la señora, señalando con la cabeza a la niña–, puedes pasar la noche con ella.
El globo henchido de entusiasmo que había sido yo los últimos días se desinfló. Quise pensar que esto tampoco lo había entendido bien. Pero la tristeza que sentía en el estómago era una señal de que el mensaje había sido correctamente decodificado.

Pero creo que me estoy adelantando. Apretemos rewind y pasemos por encima de la tarde en el Nelson Mandela Square, la causa rellena y el aguadito de pollo en Sandton, el Argentina vs. México en el Soccer City, la magia de los ghaneses en duelo con EE.UU., un safari y una bienvenida cervecera. Empecemos apenas unos minutos después de aterrizar en el aeropuerto O.R. Tambo, el aeropuerto de mayor movimiento de África, que ha movilizado este año el equivalente a toda la población del Perú, tras largas ocho horas de vuelo sobre el Atlántico partiendo de Buenos Aires. Y dice así…

Día 1: “Toda la cerveza que puedas tomar” es una cantidad imposible de alcanzar

Joburg, Jozi, JHB o también Igoli (en zulú) son las diferentes formas en que los sudafricanos llaman a la ciudad de Johannesburgo, destino al cual arribamos para ver dos partidos del Mundial de Sudáfrica. Se trata de una de las 40 áreas metropolitanas más grandes del mundo, y “la ciudad más grande que no está situada junto a un río, lago u océano”. Sus 10 millones de árboles hacen de Joburg el bosque creado por el hombre más grande del orbe. Suena muy bien. Pero hay quienes le atribuyen también el título de ser la ciudad más peligrosa entre las peligrosas, aunque al menos durante el Mundial haya cedido posiciones a otros destinos como Ciudad Juárez, Caracas (conocida por el nada seductor nombre de “la capital del asesinato”) y Mogadishu (Somalia).

Pero ese mediodía que llegamos a Johannesburgo estábamos tranquilos. Antes de partir leí que el municipio a donde nos lleva el bus, Sandton, es tal vez, gracias al megaevento futbolístico y al pavor de los sudafricanos ricos por la criminalidad en el antiguo Distrito de Negocios, una de las zonas más seguras del planeta. Y lo fue al menos hasta que el último equipo en competencia se retiró de Sudáfrica. El nuevo Centro de Vigilancia CCTV de Johannesburgo, instalado con ocasión de la cita ecuménica, demostró de inmediato su efectividad (y urgencia): durante la etapa de pruebas, se logró atrapar en menos de siete segundos a un asaltante captado por las cámaras en pleno faenón, y lo mismo con un delincuente que incrustó una botella rota en el abdomen de un transeúnte. Si te matan en Joburg, al menos sabes que el delito no quedará impune (y hasta podría ser visto por Youtube).

Nos alojaron en el Hotel Balalaika, en el epicentro financiero y comercial de Sandton. El hotel está integrado a un centro comercial, el Village Walk Shopping Center: puedes pasar de la sala de estar del hotel al mall sin poner un pie en la calle. Exacto, la idea es ésa: si tienes la sospecha de que las múltiples cámaras de seguridad en el exterior y la rapidez de la policía no te harán menos dolorosa la experiencia de tener una botella metida en la barriga, puedes ir y venir del Balalaika al Village Walk sin necesidad de usar bloqueador ni ponerte un abrigo.

Se trata de un hotel de cuatro estrellas, y para qué más. Dentro nos esperaba algo que al menos desde el punto de vista sensorial, podría ser el escenario de un aviso para promocionar el paraíso (o el infierno si el diablo fuese más marketero): el hospitality room de Brahma, Quilmes y Budweiser, sponsors del Mundial. Nada del otro mundo: hermosas anfitrionas en tres turnos por día, snacks y comida ilimitados, y sobre todo, toda el agua, toda la gaseosa y toda la cerveza que puedas beber, a la temperatura perfecta, las 24 horas del día. Acabados de llegar, no parecía mala idea poner a prueba esta última oferta. Al final del día dos conclusiones: elevadas cantidades de cerveza son muy fáciles de metabolizar siempre que los servicios higiénicos estén cerca. Eso hace que, alternando adecuadamente bebida, comida y evacuación, el límite de tu capacidad sea algo difícil de testear.

Día 2: En Sudáfrica no existe el pecado de la carne

El desayuno tradicional sudafricano no sería tal si no incluyese los boerewors o “salchicha granjera” en afrikáans. Es un descendiente directo del verse worst, salchicha fresca holandesa que fue llevada al continente por los colonos asentados en el Cabo de Buena Esperanza. El bufet del hotel incluye algunas variedades de este embutido de cerdo o ternera, huevos cocidos, frejoles, tocino, chorizos, albóndigas, y un guiso que se convirtió en mi favorito durante mi estadía: la lengua de buey guisada y acompañada con frejoles dulces. En Sudáfrica se come carne y carne. En abundancia.

Pero esta ingesta grasa y proteica no es gratuita. Esa mañana teníamos programado un safari, para reencontrarnos con nuestro ser primitivo y salvaje, enfrentarnos a la naturaleza, hombre contra bestia, tool-time: grrr, grrr, etc. Tal vez tengamos la suerte de enfrentarnos a los “cinco grandes de Sudáfrica”: el león, el leopardo, el búfalo, el rinoceronte y el elefante, las piezas de caza más preciadas. Pero “safari” es como se llama localmente a una visita al zoológico. Un zoológico inmenso, con los animales viviendo libremente y donde el riesgo de ser atacado por una bestia harta de los flashes de las cámaras no está eliminado del todo.

Antes paramos un momento en Chameleon Village, un mercadillo de artesanías a donde los turistas van para ser estafados por la verborragia y talento de comerciantes zulúes. La mecánica de compra-venta es más o menos como sigue: tu victimario te saludará de manera efusiva, preguntará de dónde vienes y se alegrará de saber que vienes de Perú aunque nunca antes haya oído de la existencia de nuestro país. Luego pondrá una serie de chucherías sobre tus manos, no las que tú escojas, sino las que él haya decidido venderte. Ya más en confianza (la que quedará en evidencia porque bajará el tono de voz para que solo tú lo escuches) te dirá que necesita el dinero, que debe alimentar a su familia, y que por lo tanto, los 140 Rands (unos $20) que te pide por una vuvuzela o una piedra atada con una pita, es un precio bastante justo. Este es en realidad el episodio más riesgoso del día de safari, ya que el vendedor se revelará como un verdadero guerrero zulú que le ha puesto el ojo a tu dotación de Rands o dólares. No estaría de más vigilar tus bolsillos durante el proceso.

Los safaris en Jozi son la principal atracción turística, gracias a las amplias llanuras que rodean la ciudad. No es difícil imaginar a los colonos holandeses asentados en el sur de África a mediados del siglo XVII y más tarde empujados por la presencia británica a buscar nuevos territorios hacia el norte y el este a mitad del XIX (proceso conocido como El Gran Trek). Conocidos como Boers o afrikáners, los colonos adoptaron pronto parte de la dieta local, constituida principalmente por carne de caza, pero le agregaron las recetas que traían del viejo continente sobre cómo elaborar carne seca. Toda esta explicación busca darle sentido al gusto que tienen los sudafricanos por los droewors (“salchicha seca” en afrikáans, parecida a un cabanosi pero más duro) y el biltong (especie de cecina parecida a una suela de zapato cortada en tiras y que sabe como debe saber una suela de zapatos hecha tiras) que se venden como si fuesen papitas o chisitos, y son, de hecho, los snacks más populares en el país.

Esa tarde almorzamos en el hotel donde estaba hospedada la selección de EE.UU. (nuevamente, mucha carne y mucha cerveza). Y como en el chiste de Maradona, Tim Howard, el arquero gringo, nos habló. Sí, nos dijo que no lo jodamos con las cámaras. Por eso no nos dio pena que los ghaneses le metieran dos golazos en tiempo extra.

Nos contagiamos de la alegría de los africanos. Un hombre de piel negra ya entrado en años, que llevaba una bandera de Ghana sobre los hombros y a quien apodamos “Taladro”, se acercó a recibir nuestras felicitaciones mientras gritaba: “¡Esto es muy bueno para África! ¡Necesitábamos este triunfo!”. He visto muchos espectáculos en vivo, he visto a personas ganar premios, y he visto risas desatadas por un chiste contado de manera espontánea, pero no recuerdo gente más feliz que las que vimos celebrando en el Royal Bafokeng Stadium, de Rustemberg esa noche.

(Esta historia continuará…)

(*) Joburg sorprendente



Cambiar imagen
Captcha image

Últimas Publicaciones
Por: Luis Casassa
Brasilia es una ciudad que sorprende: los más necesitados tienen casa propia gracias a un programa del Estado, mientras que los pobladores de clase media deben contentarse con alquilar una; una botella de leche es más barata que una de agua y el fútbol no es el deporte que más apasiona a los basilienses. Pero sobre todo, no hay quien no quede impresionado con su espectacular arquitectura.
08/09/2010, 19:44
 
Por: Por: José Tsang
Ex bloguera, narradora, adicta al chocolate antes que al wiro e hija del presidente de la República, Carla García Buscaglia (Lima, 1975) ha publicado Queloide (Editorial Solar), mezcla de declaración de principios, bitácora íntima y revolución escrita desde la cama en la que proclama: conózcanme por quién soy, por lo que hago y no por mi apellido. No le pide permiso a nadie aunque se sorprende de que nadie le diga: “Oye, fíjate bien en lo que escribes”. Ni desde Palacio.
22/07/2010, 16:51
 
Por: Luis Casassa
Ha pasado de representar a Susú, la joven pinky de Al Fonfo hay Sitio, que vive en un mundo superficial, a una amante bastante fría, dura y calculadora. La vida le ha dado su mejor papel: el de una actriz y madre a la vez.
22/07/2010, 05:01
 
Por: Luis Casassa
Fue nuestra portada hace tres años, cuando aún no se había casado con el director Frank Pérez Garland. Hoy repite el plato, acompañada por Daniela Sarfati. Ambas comparten roles en la obra El celular de un hombre muerto. La tecnología no es lo suyo, pero duda que pueda sobrevivir sin un celular.
22/07/2010, 04:33
 
Por: GIANFRANCO LANGUASCO
Cayó en Estados Unidos a los 4 años solo para darse cuenta de su error fatal: entre los barrios bajos neoyorquinos se perdió en las drogas, el crimen y el alcohol, pero también encontró (y forjó) un talento innato para la escritura. Así, el mismo hombre que prendía porros en el Bronx y se emborrachaba en cualquier cantina de mala muerta encandiló a la crítica especializada con su drama teatral Short Eyes y se convirtió en una de las referencias poéticas más importantes para los latinos residentes en el país del tío Sam, entre las décadas del ’70 y ’80. Desde ahí se hizo llamar nüyorican Y dejó en claro que las raíces no se olvidan aunque crezcan en tierra ajena. Por supuesto, he aquí la historia.
10/06/2010, 20:35
 

1   2  3  4  5  6  7  8  9  10  11  12  13  14  15  16  17  18  19  >>