En los 80s sacudió la escena rockera peruana con Leusemia, grupo subte que reclamaba cantar en nuestro idioma. Como solista se declara seguidor de Rod Stewart, Pink Floyd, Ramones, Sex Pistols, Motorhead, la música progresiva y –nadie es perfecto–, las canciones de Fernando Ubiergo, referentes que han marcado su carrera. La ventana de los cíclopes, su más reciente producción, fue resultado de “una verdadera patada a las emociones”. Asegura que la gran ventaja de ser un músico en el Perú es que “como nadie te apoya, no tienes compromisos y puedes hacer lo que te da la gana”.
Tengo 50 años y siempre he hecho música. He tenido un pequeño recorrido, he compuesto canciones desde la adolescencia y recién a los 23 o 24 empecé con Leusemia; para entonces ya tenía un bagaje compositivo bastante fuerte.
La primera canción que hice fue en 1974, se llamaba “Tierra Inhóspita o la Aureola de Buitres”, se trataba de un planeta atacado por sus propios habitantes, y trentitantos años después, cuarenta casi, vengo a hacer un disco prácticamente con la misma tónica del primero. Como que por fin hice una cosa así, tal como en el tiempo en que era chibolo.
No dimensionábamos mucho el peligro en el que estábamos, no nos fijábamos mucho en lo que le estaba ocurriendo al país, que éramos una carnada. Teníamos discursos bastante fuertes, como hasta ahora, y parece que se suman a otros que ya existen. De pronto dábamos conciertos en sitios donde ahora no iría ni cagando. Ahora no desafiaríamos tan abiertamente los toques de queda. Era una época en la que salías a la calle y te metían una bala y después preguntaban quién eres. La policía nos detenía en el camino y después nos dejaban ir, pero a otros los detenían y desaparecían. Hemos corrido con una suerte fantástica.
¿Violencia? Había desacuerdos, pero la verdad yo me reía de todo eso. Mis amigos de esa época eran metaleros, y todos nos reíamos de que había ciertos babosos que salían a despotricar contra la otra corriente; era una estupidez. Hace poco nos volvimos a juntar Leusemia, Masacre y Narcosis en un festival en Arequipa y era chistoso estar comentando 30 años después esas cosas.
Hasta ahorita mi mamá está esperando que postule a una universidad y que tenga un trabajo decente. No entiende todavía que la música es a lo que me dedico y con lo que me gano la vida; y eso que desde hace más de 10 años vivo de la música. Hasta ahora no lo digiere mucho.
Siempre me he sentido bien con lo que estoy haciendo, siempre he estado muy contento por dedicarme a la música, entonces no siento que he sacrificado nada. Creo que tuve buenas decisiones en mi camino, que esto que siento no lo hubiera podido conseguir dedicándome a otro oficio. Ha sido el camino correcto, insisto: no he sacrificado nada.
En el 86 Leo Escoria tenía que viajar a Europa. Yo quería tener más horizontes dentro de la música y sentía que siguiendo en Leusemia no lo iba a lograr. Sigo trabajando con el mismo Raúl Montañez de siempre, no hay mucho misterio. Se va avanzando todo el tiempo y se van dejando algunos buenos y malos momentos. La vida tiene que seguir adelante.
Para los grupos ochenteros normales, su público es de 35 para arriba; pero en nuestro caso nuestro público son varias generaciones. Es bien locazo que me encuentre con un amigo de esa época y me diga “oye, mi hijo es fan tuyo”, ¡eso es raro!
Una vez en una marcha antitaurina nos mandaron a un grupo de brabucones para que nos boten, pero era gente que iba a los conciertos más rudos que hice en el Rimac, una sarta de delincuentes que de pronto me saludaba y al final nos cagábamos de la risa. ¿Qué me iba a pasar?
Hay un acercamiento bastante fuerte con gente muy ruda y bastante delicada, con gente muy directa y gente muy romántica. Esa combinación es la que me gustó. A mí me ven a veces como un tipo bastante agresivo, y otras como un tipo mazamorra y blando. Esa doble lectura me agrada, porque en realidad es así, somos eso, bi o tri polares.
El concierto en el lugar más loco fue en un sitio que se llama Ramón Castilla en el Rimac. Había que trepar cerro y de pronto te encontrabas con una cueva, en un boquerón, ahí le habían puesto alfombra, el equipo y todo, con presencia de representantes del municipio. Fue bien chistoso.
Yo me volví fan de Lucho Quequezana, el mejor músico peruano andino y nadie le pisa la cabeza. Vi un documental del Qoyllur Riti y la música era alucinante, y pensé: “será un compositor alemán”. Y después veo su nombre en los créditos y dije: “¡puta madre, que paja!”. De pronto al terminar un recital mío en La Noche de Barranco, acústico, tranquilo, me voy al back que tienen abajo y el asistente me dice: “Lucho Quequezana está aquí y quiere hablar contigo”, -“Está acá y me busca a mí”. Puta, y baja, y me dice: “Maestro, de la conchesumadre, de la puta madre, qué paja”. La mierda, qué paja, conversamos un montón, y me pareció un tipo genial. Si antes lo admiraba, ahora lo admiro mucho más.
Si tuviera 50 mil soles para invertirlos otra vez, haría otra función de La ventana de los cíclopes pues. Lo que pasa es que es muy costoso.
Cuando las mamás suben con sus hijitos a celebrar el Qoyllur Riti, se hacen todo ese viajesazo, que es bien duro, bien jodido, solo para estar un ratito frente al Taytachi y después se van. ¿Para qué vienen hasta acá? Yo soy ateo completo, realmente militante, pero siempre he respetado todo tipo de creencias, y acá las respeto con mayor fuerza.
Los más grandes talentos se han ido a la mierda por el alcohol y las drogas, sean duras o blandas. Por la adicción se han quedado en el camino músicos que uno alucinaba que iban a ser súper millonarios en 10 años, y luego los ves ahí, pidiendo plata en el mercado. Son situaciones bastante tristes.
(Fotos: Guillermo Vilcherrez)
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