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	<title>DEDOMEDIO EL PLACER ES TUYO &#187; Rojo</title>
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		<title>LA PLAZA ROJA</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Mar 2012 22:42:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Casassa</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://dedomedio.com/wp-content/uploads/2012/03/Rojo_1204.jpg" alt="Rojo_1" /></p>
<p><strong>En 2006, John Logan, guionista de películas como <em>Gladiador</em>, <em>El último samurái</em>, <em>El aviador</em> y la recientemente nominada a Mejor Guión Adaptado, <em>Hugo</em>, se encontraba en Londres, mientras se grababa <em>Sweeny Todd</em>, película de la que era guionista y productor. En uno de sus momentos de ocio, fue a parar al Tate Modern en donde se encontró, por primera vez, con los cuadros de Mark Rothko, el malgeniado, soberbio y aplaudido pintor que forjara su carrera en Nueva York a principios del siglo pasado. Ese fue el punto de partida para investigar al artista y escribir <em>Rojo</em>, su obra teatral más premiada (ganadora de seis Tony sobre siete nominaciones), y que hoy J</strong><strong>uan Carlos Fisher dirige en el Teatro La Plaza de Larcomar. Conversamos con Alberto Isola, quien encarna al pintor de origen ruso, del que también se confiesa fanático.</strong></p>
<p><strong>¿Qué sabías de Rothko antes de Rojo?</strong><br />
En los noventa viajé a Houston a visitar a mi hermana. Como no había mucho que hacer en esa ciudad, me dijo: “Anda al Museo de Arte Moderno y al costado está La Capilla Rothko, una capilla para cualquier religión, en donde están sus últimos cuadros. Tuve la suerte de llegar al pintor como quería que la gente llegue a él. Yo no sabía nada de él. Para mí fue una experiencia muy fuerte, me impactó muchísimo. Y de ahí me volví un fanático. Cuando Juan Carlos Fisher me ofreció esta obra estaba absolutamente feliz. No solamente porque el personaje es rico sino porque él significa mucho para mí. Una de las escenas más fuertes de la obra, que a mí me divierte mucho, es en la que él regresa de una exposición de pop art, donde hay cuadros de Andy Warhol, de Lichtenstein, y le da una pataleta y empieza a putear porque piensa que eso no es serio, que ese hombre que hace serigrafías de latas de sopa no es serio y eso lo enfurece. Si entiendes todo lo que le costó llegar, puedes entender eso. Lo siente como una amenaza.</p>
<p><strong>¿Has logrado entender cómo un judío ortodoxo, marxista, decidió hacer un trabajo para un restaurante donde iban los más grandes capitalistas?</strong><br />
Vengo de una generación posterior a la suya, donde este tema de venderse o no al sistema era una discusión constante. Entonces puedo entender algunas cosas de él, y claro, pensar que iba a hacer que los multimillonarios de Nueva York se sintieran mal yendo a comer a este sitio con sus cuadros me parecía muy ingenua, por decir lo menos, pero después me pareció un acto de absoluta soberbia. Fue un hombre al que le costó muchísimo trabajo llegar donde llegó, y lo peor de él es que llegó tarde, y al momento empezó a perder. Creo que eso lo fulminó. Se suicidó 10 años después de lo que sucedió en esta obra. Yo soy muy vehemente, muy apasionado, pero hay cosas en las que somos completamente diferentes. No soy arrogante ni tengo miedo a los jóvenes. Eso no me pasa nunca a mí. Creo que porque enseño, porque me gusta mucho la gente joven, me parece estimulante trabajar con ellos.</p>
<p><strong>Justamente te está dirigiendo un director más joven, que además ha sido tu alumno</strong><br />
Juan Carlos (Fisher) apareció en mi vida cuando él tenía 15 años: Era un chico que estaba en el colegio. Iba a los ensayos de una obra que dirigía Luis Peirano que se llamaba <em>Cristales rotos</em>, y recuerdo que se reía mucho porque mi personaje era un judío neoyorkino que hablaba con un poco de dejo y a él le hacía mucha gracia. Desde ese momento este chico, quien después ha sido mi alumno en la universidad, ha estado muy cerca a mí, ha ido creciendo enormemente. A mí me hace muy feliz y me enorgullece que una persona como él me dirija, a diferencia de lo que hubiera pensado Rothko. Él dice: “El hijo debe matar al padre”, no sé si eso es tan así.</p>
<p><strong>El teatro no es como el fútbol, donde primero juegas, luego te retiras, diriges y muy raramente vuelves a las canchas. En teatro actúas, diriges y vuelves a actuar sin problemas.</strong><br />
Christopher Plummer, el otro día que le dieron el Oscar, dijo: “me voy a caer, literalmente, muerto en un escenario o en un set. Este es un trabajo en el que uno no se jubila&#8221;. Rojo es una experiencia muy placentera. Juan Carlos ha sido mi alumno; Urpi Gibbon, que es la asistenta de dirección, también. Rómulo no ha sido mi alumno pero hemos estado muy cerca en varias cosas. Me entusiasma que alguien que tiene 30 años o menos piense en ti como actor. Ahora, el tema de la memoria es muy complicado. Ésta es una obra muy difícil. Me costó mucho trabajo aprenderme el texto. Ese es quizás el temor más grande porque en el cine o la televisión tomas y retomas. En el teatro no. Me ha pasado un par de veces en que me quedaba un poco en blanco. Si hay algo que eventualmente pueda hacer que deje de hacer teatro, es eso. Y espero que no sea pronto.</p>
<p><a href="http://dedomedio.com/destacados/la-plaza-roja/"><em>Click here to view the embedded video.</em></a></p>
<p><strong>Cuando la obra se montó en México, superaron las 100 presentaciones. ¿Por qué es tan corta la temporada en Lima? </strong><br />
La Plaza es un teatro de repertorio, con tres o cuatro presentaciones por año. Es una temporada corta porque hay otras obras también, y un poquito más corta porque tuve hepatitis al inicio del proceso, que fue una cosa un poco fuerte. Entonces, en algún momento inclusive se pensó que no se iba a hacer la obra. Por eso también hemos hecho una semana menos. Pero siempre hay la posibilidad de volverla a hacer. Lo bueno es que es una obra de solo dos personajes.</p>
<p><strong>¿La enfermedad es la que te ha hecho perder de peso o la caracterización del personaje?</strong><br />
Yo había hecho una dieta antes. Es más, he recuperado un par de kilos que tengo que perder. Lo hice no solo por el personaje, sino por una cuestión de salud. Y digamos que la hepatitis ayudó un poco. Pero, en parte era eso también. Me reía mucho cuando veía las fotos porque les decía a ellos que nos parecemos mucho. Son esas cosas maravillosas de coincidencias. Cuando haces un personaje que realmente existió, el peligro está en querer hacer una cosa camaleónica, de querer cambiar solo físicamente y no creo que eso sea lo más importante. Leí mucho, vi muchos de sus cuadros y me imaginé cosas también, porque mucho de este trabajo es imaginarse. Entonces me metí a investigar, pero otras cosas también me las inventé.</p>
<p><strong>¿Has encontrado en Lima alguna especie de Rothko en cualquier ámbito artístico?</strong><br />
Sí, hay varios, aunque no vamos a decir nombres. He tenido maestros así, que amas y odias al mismo tiempo. Tiene que ver con cómo has vivido, con qué esperas y cómo te ha tratado el destino. A mí, una persona así me apabullaría. En el papel de Ken (el ayudante de Rothko, interpretado por Rómulo Assereto) yo me sentiría muy mal. Creo que Rothko no hubiera sido un buen maestro para mí en ese sentido. Creo que si no hubiera sido por la agresividad con la que Rothko trata a Ken, probablemente él no hubiera reaccionado así. Lo admiraba mucho. También tiene que ver con una época en la existía esta relación maestro-aprendiz, en la que él cree mucho.</p>
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